El Blog del museo Picasso de Barcelona

La cocina i los restaurantes, protagonistas de las naturalezas muertas de Picasso

La naturaleza muerta, un género considerado menor en la pintura, toma en el caso de Picasso y otros artistas una relevancia especial durante la época cubista, un movimiento nacido a los bares y a los restaurantes, que son punto de encuentro de los artistas y un espacio de convivencia donde compartir anécdotas y buena comida.

Pablo Picasso. Restaurante. Paris, printemps 1914. Huile sur toile découpée collée sur du verre. 42 x 34 cm. Zervos II – 347 (Prendre titre). Fundación Almine y Bernard Ruiz-Picasso para el Arte. En dépôt temporaire au Museo Picasso Málaga © FABA Photographe inconnu, tous droits réservés

 

Para crear un nuevo entorno que no fuera un espacio vacío donde los objetos simplemente descansaran, Picasso y Georges Braque recurrieron al su entorno más inmediato. ¿Y porque estos objetos aparecen a sus obras? Pues la respuesta la podemos encontrar en las palabras del mismo Picasso: “¿Qué puede haber más familiar para un pintor, para pintores de Montmartre o de Montparnasse, que su pipa, su tabaco, la guitarra que cuelga sobre el diván o el sifón encima la mesita de café?”.

De forma parecida, mesas y sillas, utensilios de cocina y comidas o bebidas pasan a formar parte del espacio de la obra en una posición predominante y de manera natural, con la intención de rehabilitar los objetos cotidianos y la cultura ordinaria y material. De hecho, estos elementos de desacralización de la pintura y la escultura, como una botella de Anís del Mono o un cartel de un restaurante, dan valor a las prácticas corrientes y arraigan el arte de Picasso en el “sabor del que es real”. Son objetos “reales” que rodean los artistas en restaurantes, bares y cabarés.

A grandes rasgos podríamos definir el cubismo como un estilo artístico caracterizado para representar de forma simultánea un mismo objeto desde diferentes ángulos, utilizando figuras geométricas y prescindiendo de la perspectiva tradicional renacentista. De hecho, intenta romper aquellas barreras mentales: un limón, tradicionalmente redondo, puede convertirse en cuadrado y viceversa con los objetos que nuestra mente clasifica como cuadrados.

Pablo Picasso. Hombre con frutero. Barcelona, junio-noviembre de 1917. Óleo sobre tela. 100 x 70 cm. Museu Picasso, Barcelona. Donación Pablo Picasso, 1970. MPB 110.006. Museu Picasso, Barcelona. Fotografía, Gasull Fotografia.

 

Es muy probable que en las discusiones de Picasso con su colega Georges Braque tuviera un papel fundamental la importancia que se tenía que dar al aspecto material y táctil de la obra, para remarcar, más allá del ilusionismo, el carácter vivo de los objetos y de los seres. Por lo tanto, el término “naturaleza viva” es más oportuno para un artista que buscaba que en sus obras hubiera cuanta más vida, mejor, ¿no creéis?

Si visitáis la Sala 02 de la exposición “La cocina de Picasso”, podréis ver cómo estas naturalezas cubistas brillan con luz propia. Un ejemplo es la obra El restaurante, 1914, donde el collage toma el protagonismo. Para Picasso, esta obra representa la experimentación sobre la posibilidad de traducir a pintura los afectos de esta técnica que se desarrolló en paralelo al cubismo. Elementos gráficos, colores vivos que normalmente aparecen a los letreros comerciales, efectos de superficie discrepantes  o letras repartidas por la tela son solo algunos elementos.

Otra obra de especial relevancia es Jarra, bol y limón, 1907, marcada por una fuerte inspiración en el arte africano e ibérico. Es un cuadro premonitorio de la evolución artística de Picasso hacia el cubismo. La configuración de la fruta y los utensilios de cocina evoca las formas geométricas de la esfera y el cilindro. Rompe con el realismo, con los cánones de profundidad espacial, reduciendo la pintura a un conjunto de planes angulares sin fondos ni perspectiva especial, en el que las formas están marcadas por líneas y color.

Pablo Picasso. Jarra, bol y limón, 1907. Óleo sobre madera. Fondation Beyeler, Riehen/Basel, Beyeler Collection

 

Como anécdota relacionada con este último cuadro nos quedamos con la que ejemplifica la rivalidad artística entre Matisse y Picasso. En otoño de 1907, acordaron intercambiar pinturas: cada artista seleccionó aquella obra que él consideraba el peor ejemplo del nuevo trabajo del otro, como para asegurarse que él era el mejor artista. Picasso escogió un retrato de la hija de Matisse, Marguerite, 1907 y Matisse escogió el bodegón Jarra, bol y limón, 1907. Después de este intercambio, Picasso se sumergió en el cubismo.

 

Redacción del Museu

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