Una mañana bien aprovechada en la Provenza: visita a la exposición y al Castillo de Picasso
Sí, ha sido un magnífico doblete de visita. En primer lugar, a la exposición Picasso Cézzanne en el Musée Granet d’Aix-en-Provence y después al Castillo de Vauvenargues, donde Picasso residió del 1959 al 61 e instaló su colección personal y su taller.
La exposición reúne un conjunto magnífico de obras procedentes de museos de alrededor del mundo. Es una muestra que, para mí, abre un debate interesante porque creo que es un buen ejemplo de exposición que gusta a lo que se ha dado en llamar “gran público” y a lo mejor satisface en menor grado a los expertos. Empezaré por dejar claro que no soy ninguna experta en obra picassiana. Mi especialidad es la comunicación e Internet. Pero después de dos años y medio trabajando en el Museu Picasso de Barcelona, podríamos considerar que me encuentro en un punto un poco más avanzado de conocimiento picassiano que el público en general. Creo que es esta circunstancia lo que me produce una doble impresión después de haber visitado la exposición Picasso Cézanne.
En primer lugar y, sin duda, es lo más valioso de todo, el haber disfrutado de contemplar de primera mano algunas obras de Picasso que sólo había podido ver en reproducciones, y de ver algunos tesoros inéditos, procedentes de colecciones particulares, que nunca antes habían estado expuestos. Yo, que soy entusiasta de lo que las tecnologías hacen por acercarnos al conocimiento, y que parte de mi trabajo consiste en elaborar itinerarios virtuales sobre la colección y sobre obras destacadas, afirmo con contundencia que no hay nada que substituya la observación directa de la obra: la intensidad de los colores, la textura, la delicadeza del trazo, el grueso de la pincelada, los matices, las dimensiones, la profundidad, la perspectiva, el volumen, y el valor emocional, si queréis un poco reverencial o “fetichista” de estar delante del auténtico original saliendo de las manos del pintor, todo ello es único delante de la obra.
La entrada al Musée Granet, a primera hora todavía sin colas pero con las salas ya a rebosar.
En esta exposición son diversas las joyas a admirar. Y no sólo de Picasso, aunque la mayoría de las 114 obras sean producción suya. Las 21 obras de Cézanne son así mismo un regalo para los sentidos. La disposición en diálogo de determinadas obras de uno y otro artista es una ocasión única. Y a añadir dentro de este primer bloque de valoración positiva, ver algunas de las obras de “nuestro” museo, cedidas en préstamo para la exposición, situadas al lado de otras de Picasso o en diálogo con la obra de Cézanne, como es el caso, por ejemplo, del Arlequín, entonces enriquece aún más la experiencia.
En el segundo bloque de sensaciones, diría que la premisa de partida, la impronta de Cézanne sobre Picasso, podría haber ido más allá en su desarrollo. Me parece que se ha optado por una disposición fácil de las obras, agrupándolas en función de su figurativismo o temática: retratos de fumador, de bodegones, de mujeres sentadas, de retratos de los hijos, de bodegones con calavera, etc. Como las obras son magníficas, es imposible sentirse decepcionado, pero una mayor profundidad conceptual le hubiera conferido aún más valor. Como leí en un reciente artículo en el Museums Journal, lo más importante de una exposición, incluso más allá de lo magnífico que puedan ser las obras, es que haya un proyecto de investigación que la sustente “The idea is not something we know already, that we’re trying to disseminate: the core of a good exhibition is a project of investigation” y “Putting research into the public domain is an important function that the exhibitions can play […in order to] tell a good story” (Museum Journal, 24, mayo 2009).
A destacar de los elementos de comunicación que acompañan la muestra, tres buenos soportes: la audioguía (¡por fin, una audioguía interpretativa y no meramente descriptiva o historicista!); el opúsculo de poco más de 40 páginas, profusamente ilustrado, que es para muchos, una buena alternativa a la compra de catálogo; y un sencillo folleto para los más jóvenes con propuestas para estimular la observación.
Y la mañana aún no había terminado, la completaría la visita al castillo, imponente. Es verdaderamente una ocasión muy especial, ya que se ha abierto al público excepcionalmente durante unos meses. La llegada al lugar ofrecía una espléndida vista delante la “cézzanniense” montaña de Sainte-Victoire. Una vez dentro, es un privilegio recorrer las diferentes estancias que la familia ha preservado tal y como las dejó Picasso. Son espacios que sorprenden al visitante por su austeridad. Se pueden ver en su taller los pinceles y los botes de pintura que utilizaba, en el comedor la mandolina que pintó en tantos bodegones, su dormitorio, o la pared del cuarto de baño pintada por él mismo con motivos vegetales y un fauno. La visita se completa con una proyección audiovisual, de Picasso en Vauvenargues, filmada por la propia Jacqueline.
Llegando al castillo, perspectiva haciendo la caminata desde la “navette” hasta la entrada. La neblina sólo permite intuir al fondo la montaña Sainte-Victoire.
Vista posterior del castillo de Vauvenargues. Al fondo, la montaña Sainte-Victoire.
Y no desvelo más detalles de la visita, como si de una película se tratase, para no estropear la sorpresa a aquellos que a lo mejor iréis. (reserva previa imprescindible).
Gracias, Catherine Hutin, por habernos abierto las puertas del Castillo.
Conxa Rodà
Coordinación de Proyectos






















Archivado en: 